

Dimensiones existenciales
En su cuarta acepción, la Real Academia Española define “dimensión” como “aspecto o faceta de algo”; lo que vale para introducir este término en el ámbito existencial, ya que estamos hablando del aspecto y de la faceta que adquiere nuestra vida a lo largo de nuestra existencia.
En mi Tratado Existencial refiero el concepto de dimensión remitiendo a la definición que de este término ofrece el Catedrático de Antropología Luís Álvarez Munárriz. Básicamente, se refiere al conjunto de elementos que tienen un ámbito, características y funcionamiento comunes, es decir, que comparten y pueden caracterizarse por afinidad en cuanto a su naturaleza y función y, a la vez, no están aislados, sino que interactúan con otros ámbitos. Dicho más coloquialmente, poniendo de símil a nuestro cuerpo, es como si al sistema nervioso, al endocrino o al digestivo les llamásemos dimensiones, ya que constituyen en sí un sistema propio pero a la vez interactúan con otros sistemas que, en conjunto, constituyen nuestro cuerpo.
Pasando a aplicarlo a nuestra existencia como entes y seres humanos, de la especie Homo sapiens, según postulo en el Tratado referido, simplifico a tres nuestras dimensiones existenciales. Pueden especificarse más, otras o con otros nombres, pero considero que las que mantengo abarcan, definen bien y sin grandes complicaciones nuestra existencia.
Con estas premisas, los humanos tendríamos estas tres dimensiones existenciales básicas: la biológica, la sociocultural y la espiritual. Normalmente, en las clasificaciones que hay a este respecto no se suele contemplar la dimensión sociocultural; mientras que la espiritual suele ser denominada como mente o psique.
No es cuestión de debatir aquí ni el número ni las denominaciones, pero sigo pensando que estas tres abarcan bien y sirven para reconocer y determinar nuestra existencia en los ámbitos en los que se desarrolla la misma.
Así, podemos hacernos fácilmente una idea de cómo estamos existencialmente por medio de estas tres dimensiones básicas: nuestro cuerpo, nuestras interacciones y nuestros intangibles etéreos.
Cuando refiero a nuestro cuerpo como una de las dimensiones existenciales, se entiende que estamos hablando del ámbito fisiológico de nuestro ser, en el que están incluidas todas las funciones de este tipo, como dormir o alimentarse; mientras que su atención y cuidado se puede englobar en el concepto que todos conocemos como salud.
En cuanto a la dimensión sociocultural, me refiero al ámbito de las relaciones con los demás y el entorno, así como a la socialización o integración sociales, con todas las interacciones y recursos que ello implica. Una dimensión en la que se va conformando nuestra identidad o quienes somos desde el punto de vista social y cultural. Incluida nuestra educación, formación, trabajo, etc. Esto también es parte de nuestra existencia y, como he señalado, suele ser obviado a la hora de hablar de nuestras dimensiones existenciales.
Puede que esta dimensión sea la más externa, incluso que sea extra-corpórea, pero ello no implica que no tenga influencia, papel o función en nuestra existencia ya que, básicamente, la misma se desarrolla por y a través de las interacciones con el entorno, bien sea natural o social. Por ejemplo, resulta reconocido que nuestro estado anímico y otros estados de salud (anorexia, neurosis, psicosis, fobias, envidias, deseos, etc.) se deben, en gran medida, a factores externos que influyen en nosotros. Por lo que esta dimensión tiene que tenerse en cuenta en nuestra existencia.
La tercera de ellas es la que denomino espiritual, por ser un término que abarca al conjunto de características inmateriales que también nos conforman. Desde el pensamiento a los sentimientos, desde la razón a la imaginación, desde la creatividad al amor. Todo lo que no podemos tangibilizar o constatar de manera física o por cualquiera de los cinco sentidos habituales (oído, vista, tacto, gusto u olfato), se puede incluir en esta categoría. Lo cual puede que suponga un “cajón de sastre”, debido al mayor desconocimiento sobre esta dimensión, sobre todo en comparación con las otras dos; por lo que cumple tenerla en cuenta y conocerla más.
Esta “taxonomía” existencial, además de su simplicidad y cobertura, también responde a otro criterio importante, como es el de su aplicabilidad a la hora de operar con ella, ya sea a nivel personal o por el o la especialista. Es decir, que en estas tres dimensiones tenemos y se desarrolla nuestra existencia y podemos analizarla así de manera más específica, a la vez que sin dejarnos nada y sin que tampoco tengamos que tener unos conocimientos o habilidades especiales para poder identificarlas o, como es el caso en mi Tratado, analizarlas de tal modo que, entre las tres, nos den una visión específica y completa de nuestra existencia.
Utilizando otro símil, si nuestra visión es tridimensional, es decir, no plana o en dos dimensiones, sino en tres, en la existencia pasa algo parecido. Estamos acostumbrados a abordarla y vivirla más bien de forma plana, es decir, basándonos en dos dimensiones principales: nuestro cuerpo o salud y nuestra identidad sociocultural o estatus. En cambio, la tercera dimensión es la gran desconocida e ignorada, cuando, siguiendo con el símil, precisamente es la que más profundidad da a nuestras vidas.