

Primer «botón» existencial
En mi infancia, un sacerdote vino al colegio a darnos una charla, a modo de moralina, entre otras cosas, sobre la importancia de confesarse bien. Para ello utilizó el símil de abrocharse mal el primer botón de la sotana, lo que, lógicamente, conllevaba que la prenda estuviese mal abotonada. Independientemente del uso de aquel ejemplo, me pareció muy gráfico y elocuente para aplicarlo a muchas facetas de la vida: procurar hacerlo bien desde el principio.
Algo que, como expongo, también tiene su aplicación didáctica a nuestra existencia. Y no me refiero a los eventos, hechos, avatares, acciones o demás aspectos más o menos trascendentales de la vida, como pueden ser la elección de una formación, de un trabajo, de una pareja, etc. Más básico que todo eso ─y que, precisamente como en el caso del primer botón bien o mal abrochado, condiciona todo lo demás─ pienso que es saber y conocer cuál es nuestra característica fundamental como seres, concretamente Homo sapiens.
Quizás esa importancia y trascendencia se deba no tanto a saberlo como, más bien, a desconocer cuál es nuestra identidad evolutiva como especie e individuos: por qué el universo, el planeta, la evolución y la vida nos han conformado así. Si en la existencia que nos corresponde vivir partimos de no saber qué somos, indudablemente no es un buen comienzo y, además, condiciona el resto de aspectos vitales y existenciales. Pienso que saberlo es como abrochar bien el primer botón existencial y viceversa.
¿A qué se debe fundamentalmente nuestra existencia? Hasta ahora, venimos solucionando esta cuestión, además de las respuestas religiosas y lo de ser sapiens, con que somos “animales racionales”. Traducido a que estamos aquí o por voluntad divina o porque somos muy listos. Pero, con lo que se sabe científicamente, ni una cosa ni la otra ya que, además de haber más creaciones, todas, incluida la nuestra, son de origen natural y, también, muchas son racionales. Es decir, ni la definición creacionista ni la aristotélica ─ambas milenarias─ resultan válidas ni identificativas ni características.
En cambio, hay algo que, de manera natural, es específico nuestro, único (y no lo digo en el sentido exclusivista y diferenciador, sino inclusivo y desde la diversidad, que enriquece). La evolución y la naturaleza nos han dotado con una capacidad que solo la tenemos los sapiens, ya que tampoco los neandertales ni otros humanos u homínidos disponían de la misma, según estudios que citaré a continuación.
Volviendo sobre la trascendencia de saber y, sobre todo, integrar este conocimiento; recurriendo otra vez a un símil, es como si una pieza (en este caso nosotros dentro del llamado “árbol de la vida”), con su encaje y determinada función desde el punto de vista existencial, estuviese viviendo inadecuadamente en relación a su valía, esencia, identidad y característica más importante o significativa, existencial y evolutivamente hablando.
Y lejos de parecer esto algo filosófico o una cuestión sin mayor valor o trascendencia para nuestras vidas, pienso que es algo fundamental, ya que partimos de un error existencial (con el “primer botón” mal abrochado); lo que condiciona al resto de nuestras respectivas vidas.
No saber o desconocer que nuestra característica evolutiva es la capacidad de ideación puede parecer baladí, que “no nos da ni quita de comer”. En cambio, considero que ello determina nuestra existencia, perspectiva y hechos vitales.
Con ánimo de simplificar para que resulte fácil de conceptualizar, la capacidad de ideación se puede identificar con la autoconsciencia. Así como otros seres tienen consciencia, somos los únicos que sabemos que pensamos, que un mismo hecho podemos interpretarlo de varias maneras; que, en definitiva, percibimos y vivimos no solo con los sentidos y la relación estímulo-respuesta, sino que le conferimos nuestra versión o interpretación personal a todo lo que nos sucede. Por lo que, supongo, desconocer esta característica, además de no poder manejarla adecuadamente, puede estar costándonos muchos esfuerzos, disgustos, incomprensiones, sinsabores, errores, potencialidades, etc.
Esta fue la característica identitaria evolutiva, tanto como especie e individuos, que postulé en el primer volumen de mi Tratado Existencial, titulado Animal de realidades, publicado en 2019. Pero en 2021, un equipo multidisciplinar e internacional publicó en una revista del grupo Nature que teníamos 267 genes exclusivos, únicos, que ninguna otra especie los tenía, incluyendo las otras humanas que nos han precedido. Además, según ese mismo artículo, tales genes estaban asociados a nuestra capacidad creativa.
Sin pararme a diferenciar que crear es más tangible que idear y, por eso, me parece más apropiado el término que ya utilizó el filósofo Max Scheler, la cuestión importante y trascendental es que esta es nuestra marca evolutiva como individuos y especie (de la “pieza” del cosmos que somos, conformamos e integramos). E ignorarlo o no tenerlo en cuenta supone un claro error desde el punto de vista existencial, del enfoque y del devenir de por qué y para qué estamos aquí.
Para no extenderme, diré solo algunas implicaciones que puede tener el hecho de saber y conocer que nuestra característica como seres es esta capacidad de ideación. A nivel de especie, ello supone establecer o dar por hecho el relativismo en el que vivimos, es decir, que nuestra realidad está compuesta de múltiples subjetividades, tantas como huellas dactilares. Por lo que no se puede hablar ni de verdades ni razones absolutas; lo que ya de por sí nos evitaría los múltiples enfrentamientos y desencuentros que vienen jalonando nuestra existencia debidos, precisamente, al absolutismo con el que solemos pretender imponer nuestras ideas, creencias, valores, perspectivas, criterios, etc.
A nivel individual, simplemente reconocer esta capacidad e integrarla como parte de nosotros mismos, de entrada, viene a decirnos que lo de las “voces” de nuestros pensamientos, las luchas internas y otros muchos aspectos que ─al desconocerlos─ nos intranquilizan, desconciertan y terminan obstaculizando nuestras vidas no son nada anómalo, sino algo natural que, sabiendo de su existencia e integrándolo, podemos ordenar y hacerlo actuar de manera más beneficiosa.
Desde el estrés, la neurosis, la psicosis, la angustia, la ansiedad o la regulación de nuestro estado de ánimo se pueden explicar mejor teniendo en cuenta ─como también indican el neuropsicólogo Rex Jung o el neurólogo António Damásio─ el funcionamiento de nuestra doble consciencia: por una parte, como el resto de seres, en base a lo que percibidos por los sentidos y, a mayores, las interpretaciones personales que hacemos (nuestra subjetividad), gracias o a través de la capacidad de ideación que tenemos, pero que ignoramos individual, social y culturalmente.
En definitiva, conocernos y llevarnos bien con nosotros mismos ─y, por concomitancia, con los demás─ es un “botón existencial” que conviene llevarlo bien o correctamente “abrochado”, para tener así una vida más acorde a qué y cómo somos. Y el “ojal” para ese “botón” primordial es nuestra capacidad de ideación. Ya solo saber de su (probada) existencia y operatividad a lo largo de nuestro día a día puede cambiar nuestra vida y hacerla mejor.